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El Mal Vestido
Un hombre que se veía muy angustiado se encontraba parado a las afuera de la iglesia, se llevaba sus manos a la cara y luego las bajaba lentamente, y por sus gestos se notaba indeciso tal vez ansioso. Adentro del templo había mucha gente, y más gente venía llegando, pareciera que todos se habían puesto sus mejores prendas de vestir; ya se estaba acercando la hora de la oración. Las personas que entraban miraban al desconocido y se preguntaban quién sería aquel hombre ahí parado que su apariencia de pordiosero no lo hacía ver bien. Sus vestimentas un poco viejas y un poco sucias lo hacían ver como uno de esos obreros que trabajan en demolición, o tal vez como un vagabundo.
Finalmente el hombre optó por entrar y fue enfrentado por dos personas bien vestidas que estaban en la puerta recibiendo a los que entraban, y le preguntaron que deseaba pero éste las ignoró, y pasó de largo y se quedó parado en la parte trasera del templo con la cabeza gacha. Luego sus ojos se cerraron, y sus labios comenzaron a moverse levemente, pareciera que estuviera rezando. La gente se daba vueltas a mirar al extraño intruso, susurraban entre ellos; movían la cabeza y hacían caras. La misa iba a empezar luego.
Un hombre de muy buena posición que estaba ahí con su familia se notaba un poco molesto con la situación; no le pareció bien el desconocido; le daba mala espina. No aguantando más se acercó al intruso y le pregunta en tono de desaire, –¿Hermano, en que te puedo ayudar? Pero éste lo ignoró... Entonces el padre de familia muy molesto, ahora se dirige al desconocido en un tono más firme ¿Hermano así es como entras a la casa de Dios? Obviamente se refería a su presencia. Pero él una vez más le contestó con silencio. Al padre de familia no le gustó su actitud, y ya aún más molesto le pregunta nuevamente ¿Oiga, así es como te atreves a entrar a la casa del Señor?
Se hizo un pesado silencio en la congregación. El mal vestido abre sus ojos lentamente y mira al padre de familia y después de una pequeña pausa le responde en un tono calmado, tú que estás bien vestido, te sientes engrandecido, y con esas joyas que andas encima, te ves lujoso; impecable por fuera, pero por dentro estás sucio, porque si no lo estuvieras, me hubieses tratado de otra manera. Yo no andaré bien vestido en estos momentos, yo lo sé; ya sé que mis vestimentas están un poco usadas y tal vez un poco sucias pero mi corazón está limpio, en cambio tú aparentas ser más que otros y te consideras hombre de Dios, y si piensas que ya sabes la palabra te acordarías que nuestro Señor Jesús ni siquiera tenía un hogar, y apenas tenía para comer, o incluso para vestirse.
© Patricio Maraboli
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