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¡Hasta la Vista!
Una vez había una madre águila que estaba muy herida y aún así le estaba enseñando a su pequeño aguilucho a volar, el amor de madre era más fuerte que su agonía. Volaba a la par de su hijo y trataba y trataba de enseñarle y lo alentaba para que se mantuviera remontado y aprendiera a volar antes de que ella muriera, hasta que llegó un momento en que ya no pudo más; el agotamiento y el dolor la hizo desplomarse al vacío. El pequeño aguilucho al ver caer a su madre, la angustia, la desesperación y el pánico empezaron a apoderarse de él, su inexperiencia de volar hizo que él también empezara gradualmente a descender y llegó a caer en un gallinero.
Entonces el pequeño aguilucho comenzó a vivir entre los pollitos y las gallinas. Él percibió que todos a su alrededor miraban hacia abajo y picoteaban la tierra en busca de comida; así que su corazoncito le decía que él también tenía que hacer lo mismo y empezó a picotear igual que los pollos y las gallinas, además él escuchaba que piaban por lo tanto él también piaba como ellos. Al tiempo el aguilucho empezó a crecer y a sentirse ajeno a los demás, no obstante los demás lo veían también diferente. Para no sentirse marginado él cacareaba con más ímpetu igual que los pollos ya jóvenes y se movía de la misma manera para demostrarles que él era igual que todos ellos. Aún así el joven águila dentro de sí se sentía distinto.
Consecuentemente, los demás pollos empezaron a tener una mala actitud hacia el joven águila; les molestaba que él saltara más alto que todos, les molestaba que sus alas fueran demasiado grandes y sus plumas demasiado lagas, y les molestaba que ya no cacareara como ellos y que fuera diferente. Él ya no concordaba con los pollos; ya no encajaba en ese círculo.
El extraño sentimiento dentro de su corazón seguía creciendo. Hasta que un día el águila miró hacia arriba y vio una gran ave con sus alas totalmente extendidas volando en el azulado cielo de la mañana, su vista se quedó clavada pensando en la majestuosidad de la gran ave que se deslizaba en el aire hasta que se perdió en el horizonte. Cuando volvió en sí, miró a su alrededor y notó que todos estaban mirando hacia el suelo y se quedó observando un largo rato y finalmente se dio cuenta que ya no quería ser parte de esa ciega rutina. Así que él Comenzó a mover sus grandes alas y dijo: ¡HASTA LA VISTA! y se echó a volar.
Si te sientes diferente, no sigas mirando hacia abajo como los demás, no sigas pensando que tienes que estar atado a una vida rutinaria que te consume día tras día o que le debes algo a alguien e ilusoriamente te sientes obligado a ellos y no te mueves hacia tus preciados sueños para no incomodarlos, o estás estancado esperando escuchar la opinión de los demás para ver de que manera puedes actuar, o te sientes encarcelado tras unos barrotes que tú mismo mentalmente los inventaste y los pusiste en frente tuyo; ya es la hora de destruirlos . Escucha el suave y constante susurro de tu corazón. Ya es la hora que debes mover tus alas y sentir el viento que impacientemente te está esperando y te ayudará a remontarte a ese hermoso cielo que te llevará a un mejor hoy y podrás volar sobre el mar de las eternas posibilidades. Porque ya te sientes como el bebé en el estrecho vientre de una madre en el noveno mes y sólo está esperando salir a un mundo de ilimitadas potencialidades. Así que es la hora de que Tú también mires a tu alrededor y digas: ¡HASTA LA VISTA! Y ya no mires atrás.
© Patricio Maraboli
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