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Martin Luther King Jr.
Tengo Un Sueño Discurso Dado En La Marcha en Washington Por Los Trabajos y La Libertad Washington DC. Agosto 28 de 1963
Traducido por Patricio Maraboli para abettertodayenespanol.com
Estoy feliz de reunirme con ustedes hoy día en lo que quedará en la historia como la más grande demostración por la libertad en la historia de nuestra nación. Cien años atrás, un Gran Americano, en cuya simbólica sombra estamos hoy parados, firmó la Proclamación de la Emancipación. Este trascendental decreto vino como una gran señal luminosa de esperanza para millones de esclavos negros que han sido chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Vino como un alegre amanecer para terminar la larga noche de su cautiverio. Pero cien años después, el negro aun no es libre. Cien años después la vida del negro sigue siendo tristemente lisiada por los grilletes de la segregación y las cadenas de la discriminación. Cien años después, el negro vive en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, el negro todavía sigue languideciendo en las esquinas de la sociedad americana y se encuentra en exilio en su propia tierra. Así que hemos venido aquí hoy a dramatizar una vergonzosa condición. En otro sentido hemos venido a la capital de nuestra nación a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magnificas palabras de la Constitución y la Declaración de nuestra Independencia, estaban firmando una nota promisoria la cual todo americano sería heredero. Esta nota era una promesa que todos los hombres, sí, negros y tanto como los blancos serían garantizados los inalienables derechos de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Hoy es obvio que América ha violado esta nota promisoria en cuanto a sus ciudadanos de color les concierne. En vez de honrar esta sagrada obligación, América le ha dado a la gente negra un cheque malo, un cheque que ha llegado de regreso marcado “fondos insuficientes”. Pero nos rehusamos a creer que el banco de la justicia está en banca rota. Nos rehusamos a creer que hay insuficientes fondos en las grandes bóvedas de la oportunidad de esta nación. Así que hemos venido a cambiar este cheque – un cheque que nos dará tras nuestra exigencia la riqueza de libertad y la seguridad de justicia. Hemos venido también a este sagrado lugar a recordar a América de la urgencia impetuosa de ahora. Esta no es la hora de darnos el lujo de enfriarnos o tomar la tranquilizante droga del gradualismo. Ahora es el momento de realizar las promesas de la democracia. Ahora es el momento de salir de los oscuros y desolados valles de la segregación a la iluminada senda de la justicia racial. Ahora es el momento de levantar nuestra nación de las arenas movedizas de la injusticia racial a la sólida roca de la hermandad. Ahora es el momento de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios. Sería fatal para la nación pasar por alto la urgencia de este momento y subestimar la determinación del Negro. Este sofocante verano del legítimo descontento de los Negros no pasará hasta que haya un vigorizante otoño de libertad e igualdad. Mil novecientos sesenta y tres no es un final, sino un comienzo. Para aquellos que esperaron que el Negro necesitara desahogarse y ahora estará contento tendrán un rudo despertar si la nación volviera a sus usuales negocios. No habrá ni descanso ni tranquilidad en América hasta que al Negro le sea garantizado los derechos de ciudadanía. Los torbellinos de la rebelión continuarán sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que emerja un brillante día de justicia. Pero hay algo que le debo decir a mi gente que está de pie en el calido umbral el cual nos lleva dentro del palacio de la justicia. En el proceso de lograr nuestro justo lugar no debemos ser culpables de hechos inicuos. No busquemos satisfacer nuestra sed por la libertad bebiendo de la copa de la amargura y el odio. Para siempre debemos guiar nuestra lucha en el alto plano de la dignidad y disciplina. No debemos permitir que nuestra creativa protesta se degenere en una violencia física. Una y otra vez debemos elevarnos alas majestuosas alturas del encuentro de la fuerza física contra la fuerza espiritual. La maravillosa nueva belicosidad que ha sumergido la comunidad Negra no debe llevarnos a la desconfianza de toda la gente blanca, por que muchos de nuestros hermanos blancos, como evidencia su presencia están aquí hoy, han llegado a reconocer que su destino está amarrado con nuestro destino y su libertad está inextricablemente atada a nuestra libertad. No podemos marchar solos. Cuando marchemos, debemos hacer la promesa de que marcharemos adelante. No podemos devolvernos. Hay aquellos que están preguntando a los devotos de los derechos civiles, “¿Cuando estarán satisfechos?” Nunca podremos estar satisfechos mientras que el Negro es víctima de los inefables horrores de la brutalidad policial. Nunca podremos estar satisfechos, mientras nuestros cuerpos, pesados con la fatiga del viaje, no pueden conseguir alojamiento en los moteles de las carreteras y los hoteles de las ciudades. Nunca podremos estar satisfechos mientras la básica movilidad del negro es de un barrio pobre pequeño a uno más grande. Nunca podremos estar satisfechos mientras nuestros hijos son despojados de su persona y robados de su dignidad por letreros que dicen “Solo para blancos”. Nunca podremos estar satisfechos mientras el Negro en Mississippi no pueda votar y el Negro en New York cree que tiene nada por que votar. ¡No!, no, no estamos satisfechos, y no estaremos satisfechos hasta que la justicia corra como el agua y la honradez como un fuerte chorro. Yo no paso por alto que algunos de ustedes han venido aquí de grandes pruebas y tribulaciones. Algunos de ustedes han venido recién salidos de las estrechas celdas de la cárcel. Algunos de ustedes han venido de áreas donde la búsqueda por la libertad los dejó golpeados por las tormentas de la persecución y tambaleando por los vientos de la brutalidad policial. Ustedes han sido veteranos del sufrimiento creativo. Continúen trabajando con la fe que el inmerecido sufrimiento es redentor. Regresen a Mississippi, regresen a Alabama, regresen a Georgia, regresen a Louisiana, regresen a los barrios bajos y a los barrios pobres de nuestras ciudades norteñas, sabiendo que de alguna manera esta situación puede y será cambiada. No los revolquemos en el valle de la desesperación. Les digo a ustedes, mis amigos, que a pesar de las dificultades y frustraciones del momento, Yo aun tengo un sueño. Es un sueño que está profundamente arraigado en el sueño americano. Yo tengo un sueño que algún día esta nación se levantará y vivirá del verdadero significado de su creencia: “Mantenemos estas verdades de ser auto-evidentes: Que todos los hombres son creados iguales.” Yo tengo un sueño que algún día en los cerros rojos de Georgia, los hijos de los primeros esclavos y los hijos de los primeros dueños de esclavos podrán sentarse juntos en la mesa de la hermandad. Yo tengo un sueño que algún día incluso en el estado de Mississippi, un estado desierto, sofocados con el calor de la injusticia y la opresión, será transformado en un oasis de libertad y justicia. Yo tengo un sueño que mis cuatro hijos algún día vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel sino por el contenido de sus caracteres. ¡Tengo un sueño hoy día! Yo tengo un sueño que algún día el estado de Alabama, con sus rencorosos racistas, con su gobernador teniendo los labios goteando con las palabras de “interposición y nulidad”, sean transformadas en una situación donde los niñitos negros y las niñitas negras puedan tomarse de las manos con los niñitos blancos y las niñitas blancas y caminar juntos como hermanos y hermanas. ¡Tengo un sueño hoy día! Yo tengo un sueño que algún día todos los valles serán elevados, todo cerro y montaña serán hechas llanas, los lugares ásperos serán alisados, y los lugares chuecos serán enderezados y la gloria del Señor será revelada y toda carne la verá a la vez. Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al sur. Con esta fe seremos capaces de labrar de la montaña de la desesperación una piedra de esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar el sonido discordante de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad. Con esta fe seremos capaces de trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos ir a la cárcel juntos, pararnos juntos por la libertad, sabiendo que seremos libres algún día. Este será el día cuando todos los hijos de Dios serán capaces de cantar con un nuevo significado. “Mi país, es de ti, dulce tierra de libertad a ti te canto. Tierra donde mis padres murieron, tierra del orgullo de los peregrinos, de todos lados de la montaña deja que resuene la libertad” Y si América va a ser una gran nación esto debe llegar a ser verdad: Así que dejen que la libertad resuene desde las prodigiosas cumbres de New Hampshire. ¡Dejen que la libertad resuene desde las grandiosas montañas de New York! ¡Dejen que la libertad resuene desde las alturas de Allegenies de Pennsylvania! ¡Dejen que la libertad resuene desde cimas nevadas de los Rockies de Colorado! ¡Dejen que la libertad resuene desde las encorvadas cumbres de California! ¡Dejen que la libertad resuene desde la Montaña de Piedra en Georgia! ¡Dejen que la libertad resuene desde el Mirador de la Montaña de Tennessee! ¡Dejen que la libertad resuene desde todo cerro y toda loma de Mississippi! De cada lado de la montaña, dejen que resuene la libertad. Cuando dejan que la libertad resuene, cuando la dejamos resonar desde toda villa y todo caserío de cada estado y cada ciudad, seremos capaces de apresurar ese día cuando todos los hijos de Dios, hombres negros, y hombres blancos, judíos, y paganos, protestantes y católicos podremos unir nuestras manos y cantar en las palabras del viejo espiritual Negro: “¡Libre al fin! ¡Libre al fin! ¡Gracias Señor Todopoderoso, somos libres al fin!”
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